Vamos terminando este módulo. Me costó bastante: virus de por medio, me atrasé y mi angustia existencial tuvo que encontrar su cauce... haciendo.
La consigna me pide que, a modo de semáforo, escriba
mis impresiones utilizando la metáfora del semáforo. Ahí voy, pues…
Luces rojas: Me obstaculizó mi propio miedo. Miedo a
armar un formulario, miedo a armar una rúbrica, miedo a hacer y que no quedara
la huella, miedo a no cumplir, miedo a decepcionar a colegas y tutor. Ser
docente implica mucha exposición, actuar como
modelo de… y saberse que uno no es tan original como pensaba.
Luces amarillas: Mi escepticismo se vincula al clásico
problema que conlleva una automatización como la que proponen las rúbricas
(algo que no me pasó con los formularios): no veo espacio para la evaluación de
la creatividad, de la respuesta que el docente no espera, etc.
Luces verdes: Algo deseable es, obviamente, la satisfacción
de lo que he ido logrando. Sin miedo a caer en la propaganda, los cursos que
proponen Néstor Bacher, Jorge Apel y Silvia Andreoli, entre otros, son siempre
creativos, útiles, renovadores. Aprendo con ellos (y con mis colegas, por
supuesto,) conceptos aplicables, experimentables, interesantes siempre.
De aquí en más, me queda continuar repensando mis
prácticas a la hora de evaluar: difícil no caer en la subjetividad cuando uno
se maneja en un campo como el de Lengua y Literatura. Sin embargo, el desafío
nos llama. Nos motiva. Y nos propone mejorar. Qué mejor que comenzar a recorrer
el camino.
Qué elocuente relato! Has pintado perfectamente la función del semáforo: primero te detiene, las dudas invariablemente generan reflexión, y la luz verde te habilita el avance hacia la superación! ¿Acaso no se trata de eso la educación?
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