Creyeron que había desistido, ¿no? Bueno, yo sí. Pero no: retroceder nunca,
rendirse jamás. Acá estoy, sigo viva, a pesar de los virus, de las gripes, de
los resfríos y del frío… brrrr
Pensaré ahora en mis prácticas evaluativas. Como persona (porque además de
docente de lengua y literatura e investigadora, soy una persona… todavía)
metódica, tengo en cuenta algunas cuestiones:
· Corrijo los trabajos teniendo en cuenta criterios como coherencia (relación
temática entre los temas que se van exponiendo), cohesión (concordancia, falta
de repeticiones en los textos, uso de conectores, tiempos verbales), normativa
gráfica (puntuación, ortografía) y, sobre todo, respeto por la consigna. Busco
que, por ejemplo, al preguntar qué simboliza un personaje en una novela, no me
cuenten la biografía del autor “para llenar”. O que si mi consigna refiere a si
x cuento pertenece a x género, la respuesta no sea simplemente “sí”.
· Sin embargo, no creo que haya UNA respuesta correcta. Por suerte, cada año
surgen más y más ideas; sobre todo cuando trabajo con autores enriquecedores
como Cortázar, Bradbury, Huxley…
· Finalmente, evalúo el esfuerzo, más allá del examen en sí. Me gusta premiar
a los estudiantes que apuestan por la materia, a pesar de no ser brillantes.
Trato de que nadie piense de sí mismo que “no le da para Lengua”. Cuento con registros
individuales en los que marco participación en clase, cumplimiento de tareas,
responsabilidad, cooperación (temas más bien relacionado con ejes
actitudinales), originalidad, etc. No soy enemiga del 10, y disfruto con esa
bella nota. Como también la disfruto como estudiante…
Más allá de todo esto, pienso que tengo mucho por mejorar. La docencia nos
brinda la posibilidad de que todos aprendamos y sigamos aprendiendo (y
aprehendiendo) a cada momento.
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